lunes, 16 de octubre de 2023

Aquellos

Echo de menos a mis amigos con o.

Es decir, no los echo de menos,

todos los que no están me hirieron tanto,

todos los que no están quisieron aprovechar mi amistad para llegar a mi sexo,

todos, al fin, me dejaron tirada cuando mi madre había muerto.

A ellos no quiero verlos, no quiero

cruzármelos en el metro,

mantenerme en la acera con el que pasaba 

(vale),

con el que agredía, con el que violaba.

Estos dos pueden irse

de la manita a una zanja

que con mi sudor y sangre

amablemente les tendría cavada.


Pero echo de menos a mis amigos.

Los que están ahora, no hay duda,

los mejores que he tenido.

Entonces, de los que me han muerto un poco, 

en realidad, supongo

que echo de menos el momento en el que aún 

creía

que éramos amigos.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Beso

He soñado con besos inflamados,
besos de labios prendidos, blandos,
roces de lenguas de cobre
que resucitaban el cuerpo en esquirlas de fuego.
Eran besos que me han dado muchas veces, 
besos que no me han dado nunca,
besos que yo tenía
dispuestos en la boca
y que he regalado
de recuerdo, besos que me quedan y que se quedan
incrustados como espinas,
cofres voluptuosos,
tiernos ósculos en combustión.
La cara bella del azar está aquí.
Este beso es el lugar
donde habita el deseo,
en atrapar con los labios el labio,
y no en otra parte; aquí,
en la caricia suave,
en la boca contra la boca       entreabierta,
se enciende
en un beso
el mundo entero.

jueves, 24 de agosto de 2023

Recreo en el Cosmos

(texto escrito a partir de la asociación de ideas

por las palabras que me han aportado otras personas:

¡gracias!)


En la vastedad del Universo no suena el timbre para llamar al recreo.

Sin embargo, un Dios infantil sabe

cuándo hay que salir a jugar. Se sienta en la negrura,

reúne unas cuantas estrellas, las gira, las reparte, altera inocentemente

cualquier permanencia,

borra el azar y lo reconstruye

con una sabiduría incomprensible. Es un Dios

niño

y, a la vez,

madre de todo,

anciano solitario,

capaz de soltar y conjugar como quiera los lazos. En la frente lleva

tatuados todos los astros, y en su faz negra, salpicada de pecas,

residen todas las galaxias.

El Dios de los dientes de leche se divierte con los párpados cerrados:

no le hace falta abrirlos para ver.

En lo que dura un batir de pestañas

nos esfumamos, regresamos

hechos polvo a la ancha

oscuridad del cielo,


hasta que Alguien,

un anciano, una madre,

un niño,

nos da un soplo de nuevo,

nos junta en esta tierra,

nos echa al mundo y

volvemos

    a jugar.

sábado, 12 de agosto de 2023

Dormir y comer

En esa época también hubo un momento absolutamente primario en el que me vi reducida a la supervivencia. Todos los días se dividían en comida. Desayunaba, y entonces quedaban tantas horas para la comida. Comía, y entonces quedaban tantas horas para la merienda, y después la cena. Cenaba, y entonces al poco rato me metía en la cama. Comer y dormir, llegar al siguiente día, repetir el ciclo. Esperar a la hora de sentarme a la mesa. Evitar tumbarme hasta la noche, pero sestear igualmente para estar despierta un rato menos, menos para la siguiente comida, la siguiente mañana; menos dentro del día de hoy. No tenía otra manera de superar las horas. Sólo recuerdo pasar así. Creo que duró mucho tiempo. No sé cómo salí.


Ya hace algunos años de eso, y sin embargo... Hoy que estoy tan apagada, igual que ayer, y que aún no he desayunado y queda comer, merendar, la cena... tengo miedo de volver. Tengo miedo de que esto sea el principio otra vez.

lunes, 24 de julio de 2023

Los objetos

En mi casa hay muchas cosas, muchos objetos. Sé que algunos son feos en ojos ajenos: una banqueta de plástico de colores primarios, un abrebotes rojo, un mantel con un agujero de un quemazo, un dispensador de celo con la forma de un zapato de tacón. Pero todos son objetos útiles y, además, a todas esas cosas se les une un sentimiento.

La banqueta, aunque no la compramos entonces, me recuerda a cuando empezamos a vivir juntos, no sé por qué.

Cuando veo el abrebotes también veo las manos de mi madre usándolo, sus anillos, su gesto preciso, el color de su piel.

Este mantel tiene el agujero por la ceniza de un cigarro de mi tío, de mi abuelo, de mi otro tío o de mi madre. Es el mantel de las Navidades, de apretarnos alrededor de la mesa en un comedor pequeño en el que no cabíamos, pero todavía estábamos todos.

El dispensador de celo lo llevo usando más de diez años. Es una horterada que tenía al lado mientras hacía mis proyectos, pegaba fotos en la puerta de mi cuarto, envolvía ni se sabe cuántos regalos. A mi madre le encantaba regalarme útiles de papelería así de kistch.

Son cosas, son objetos, definidos en sí mismos e inanimados, sin importancia para nadie más que yo, totalmente desechables para cualquiera, menos yo. Cosas, sin más, pero yo las miro y de golpe tienen corazón.