No saber.
Mirar,
confiar en la belleza punzante de la tristeza,
desconfiar, tratar de rascarla y echarla fuera,
no poder nunca escribir como si no hubiese sido secuestrada,
los dedos pillados en la puerta,
pero intentarlo porque existen los vencejos, los abejorros,
una madrugada de agosto, unos ojos, un beso,
las rendijas de las persianas, un entendimiento
(sobre todo porque hay un entendimiento)
que quiero mirar y no dejar de verlo
mientras trabajo y tiendo lavadoras y friego
y voy al médico, y aguanto peroratas y me duelen los huesos en invierno,
y me dan taquicardias y pienso que me muero
porque todavía no me muero
y contra todo pronóstico estoy casi entera,
porque en escribir pruebo que me funcionan los ojos y las piernas y a veces hasta las palabras
aunque no lo hagan bien y quede feo
y me reconozca en poco más que una radio escacharrada,
me empecino:
insistir en lo más nimio, cortarme el pecho,
volverme hacia afuera con un grito pequeño,
porque no sé explicarme pero creo que entiendo
una cosa indecible que me ocupa por dentro, una vía frágil,
un cuerpo extraño en la sangre,
un estornudo en el tiempo,
hogar de mis muertos, atropellada por la vida,
tonta, hija, ansiosa, blanda, trapecista, obsesiva,
hambrienta, airada, suave, buena, excesiva,
parada en mitad de la calle porque se me ha cruzado un texto.