jueves, 24 de agosto de 2023

Recreo en el Cosmos

(texto escrito a partir de la asociación de ideas

por las palabras que me han aportado otras personas:

¡gracias!)


En la vastedad del Universo no suena el timbre para llamar al recreo.

Sin embargo, un Dios infantil sabe

cuándo hay que salir a jugar. Se sienta en la negrura,

reúne unas cuantas estrellas, las gira, las reparte, altera inocentemente

cualquier permanencia,

borra el azar y lo reconstruye

con una sabiduría incomprensible. Es un Dios

niño

y, a la vez,

madre de todo,

anciano solitario,

capaz de soltar y conjugar como quiera los lazos. En la frente lleva

tatuados todos los astros, y en su faz negra, salpicada de pecas,

residen todas las galaxias.

El Dios de los dientes de leche se divierte con los párpados cerrados:

no le hace falta abrirlos para ver.

En lo que dura un batir de pestañas

nos esfumamos, regresamos

hechos polvo a la ancha

oscuridad del cielo,


hasta que Alguien,

un anciano, una madre,

un niño,

nos da un soplo de nuevo,

nos junta en esta tierra,

nos echa al mundo y

volvemos

    a jugar.

sábado, 12 de agosto de 2023

Dormir y comer

En esa época también hubo un momento absolutamente primario en el que me vi reducida a la supervivencia. Todos los días se dividían en comida. Desayunaba, y entonces quedaban tantas horas para la comida. Comía, y entonces quedaban tantas horas para la merienda, y después la cena. Cenaba, y entonces al poco rato me metía en la cama. Comer y dormir, llegar al siguiente día, repetir el ciclo. Esperar a la hora de sentarme a la mesa. Evitar tumbarme hasta la noche, pero sestear igualmente para estar despierta un rato menos, menos para la siguiente comida, la siguiente mañana; menos dentro del día de hoy. No tenía otra manera de superar las horas. Sólo recuerdo pasar así. Creo que duró mucho tiempo. No sé cómo salí.


Ya hace algunos años de eso, y sin embargo... Hoy que estoy tan apagada, igual que ayer, y que aún no he desayunado y queda comer, merendar, la cena... tengo miedo de volver. Tengo miedo de que esto sea el principio otra vez.

lunes, 24 de julio de 2023

Los objetos

En mi casa hay muchas cosas, muchos objetos. Sé que algunos son feos en ojos ajenos: una banqueta de plástico de colores primarios, un abrebotes rojo, un mantel con un agujero de un quemazo, un dispensador de celo con la forma de un zapato de tacón. Pero todos son objetos útiles y, además, a todas esas cosas se les une un sentimiento.

La banqueta, aunque no la compramos entonces, me recuerda a cuando empezamos a vivir juntos, no sé por qué.

Cuando veo el abrebotes también veo las manos de mi madre usándolo, sus anillos, su gesto preciso, el color de su piel.

Este mantel tiene el agujero por la ceniza de un cigarro de mi tío, de mi abuelo, de mi otro tío o de mi madre. Es el mantel de las Navidades, de apretarnos alrededor de la mesa en un comedor pequeño en el que no cabíamos, pero todavía estábamos todos.

El dispensador de celo lo llevo usando más de diez años. Es una horterada que tenía al lado mientras hacía mis proyectos, pegaba fotos en la puerta de mi cuarto, envolvía ni se sabe cuántos regalos. A mi madre le encantaba regalarme útiles de papelería así de kistch.

Son cosas, son objetos, definidos en sí mismos e inanimados, sin importancia para nadie más que yo, totalmente desechables para cualquiera, menos yo. Cosas, sin más, pero yo las miro y de golpe tienen corazón.

lunes, 10 de julio de 2023

Aquel espacio

Hubo una época en la que yo estaba muy triste, sí, pero dentro de toda esa melancolía diaria, del abatimiento constante, de la apatía y el dolor simultáneos, hubo un espacio en el que tuve mi mundo de una manera en la que no he vuelto a tenerlo. Un mundo desgarrador, grito inaudible y silencio insondable, pero empecé a percibir las cosas tan a flor de piel, tan protegida dentro de mí, que parecía que por un instante vivía a mi propia medida. Los días se hacían lentos, las letras llegaban y me abrían en mi soledad secreta, mi guarida unipersonal estaba llena de cosas suaves, de cosas cálidas: un amanecer, la hora de la siesta, leche con miel, descalzarse al llegar a casa, la voz grave de mi madre, sólo las palabras bonitas. Mi cuerpo rechazaba toda la podredumbre que llegase de fuera: bastante negrura había ya dentro. No era feliz, pero era feliz a ratos, como un robo a la vida colorida y normal y excitante que me parecía ver en todos los demás, o como una concesión, una distracción de la tristeza. Era feliz como si encontrara una perla rara, feliz sabiendo que muy pronto volvería a la nada. ¿Cuánto sufrí mientras tuve ese refugio tan mío? ¿Y cuando no lo tuve? ¿Cuánto hice sufrir a los demás? Y ahora que el mundo de fuera me da de lleno, que convivo con lo sórdido y lo regateo, ahora que estoy expuesta y animada, ahora que estoy curada, ¿están todas esas cosas suaves y cálidas escondidas aún en mí?

lunes, 29 de mayo de 2023

Onicofagia

Dejé de morderme las uñas porque me gustaba un chico y,

en mis fantasías,

pensaba que qué vergüenza si me daba la mano;

las escondía en los puños del jersey cuando lo veía.


He hecho tantas cosas por ser querida...

He visto largas películas que no me gustaron nada. He aguantado los celos. He aguantado los celos, 

también en el sentido inverso.

Me he desnudado porque pensaba que así me querría.

La gente habla de locuras por amor... Lo mío

han sido gestos cotidianos que me han arrugado un poco.

Me aliso, me aliso,

                    me ayudan a alisarme.

Ahora llevo las uñas largas,

gracias,

buenas tardes.