viernes, 13 de enero de 2023

Los gusanos

Cuando éramos pequeñas, a la hora del recreo, los días tras la lluvia, buscábamos gusanos en la tierra y los metíamos en un cubo con barro y agua. Éramos grupos pequeños; como máximo cuatro personas, quizás, y en cuclillas, junto a las tapias, con un palito en la mano hurgábamos en el lodo resbaladizo, intentábamos enrollar las lombrices como espaguetis en el palito. No sé si cazábamos o pescábamos. 

Corríamos a buscar al profesor para enseñarle nuestro hallazgo: tantos gusanos como encontramos secuestrados el cubo de plástico rojo. Los mirábamos con extrañeza, con fascinación, a pesar del asco que decía alguien. Se movían como por arte de magia, retorciéndose para esconderse. Siempre los devolvíamos a la tierra. No queríamos hacerles daño.

En un marco tengo una foto: éramos nosotras, las de entonces, con cinco años, la bata de cuadritos, las coletas deshechas, los pies torcidos. Las niñas que buscaban gusanos. Ahora, tanto tiempo más tarde, a veces nos retorcemos para escondernos. Alguna vez, sin embargo, asomamos la cabeza, como esperando una mano infantil que nos acerque un palito y nos meta en un cubo, y se maraville por cómo somos, cómo nos movemos, cómo salimos después de la lluvia.

lunes, 7 de noviembre de 2022

La nieve

Alguien se encarga de afilar

una por una                                las estrellas

cuando hace tanto frío

        (no sé si será el mismo alguien

        que con un paño deja

        la luna brillante).

Los planetas también danzan con un giro distinto.

Desde aquí, todos

repartidos bajo una campana de cristal:

pasamos estas noches en un globo de nieve

que nadie se preocupa de agitar,

y por eso no sabemos

movernos, 

nos desplazamos sin sentido, 

chocamos con las paredes,         con los otros;

nos detenemos en medio de un cruce.


A nosotros

    nadie nos saca punta

        ni nos quita el polvo:


sólo nos frotamos los ojos, incrédulos siempre.

Tal vez así, cuando miramos arriba,

con este frío de metal,

parece que es más límpido         el cielo,

y remprendemos el paso

bajo la campana de cristal

    (entonces no precisamos que vuelva a nevar).

martes, 23 de agosto de 2022

Mi diario de verano

Tengo una vecina a la que quiero muchísimo. Siempre digo que, más que vecina, es mi hada madrina. En Navidad me regaló una libreta preciosa, azul claro, con alegres margaritas estampadas en las dos tapas, y una goma amarilla para dejarla bien cerrada. Una vez uno declara que le gusta escribir, le llueven libretas de todas partes: he perdido la cuenta de cuántas me han regalado a lo largo de los años y he acumulado muchas que estoy segura de que ni siquiera utilizaré más allá de mirarlas con cariño. Sin embargo, esta vez, decidí utilizar la libreta, manc.harla con mi letra apretada y apresurada. Con el frío horrible que hacía en invierno, me dije a mí misma que ese cuaderno sería mi diario en verano.

En el momento en el que escribo esto, he llenado más o menos un tercio de la libreta. Aún quedan muchísimos días por delante, pero, aun así, dudo de si voy a tener la constancia necesaria para terminarla antes de que el otoño se presente, irremediablemente, con su melancolía ponzoñosa. En la cubierta de la libreta hay una frase que reza "Today I choose happiness", pero, a mi pesar, en ese diario hay varias entradas que de felices tienen bien poco. No pasa nada, es catártico lamentarse en el papel, pero, a la vez, pienso que me gustaría preservar en esas páginas la alegría del estío, de los días largos, del calor insistente, del sol sobre el asfalto, de la sal, de los paseos a la sombra, de las mañanas perezosas, de las tardes que no se acaban nunca, y no sé si me devolveré todas esas horas brillantes a mí misma cuando en el futuro redescubra el cuaderno azul con las margaritas.

De forma similar al calor agobiante, al sudor, al salitre, a veces llevo la pena pegada a la piel. En los meses oscuros y fríos me empequeñezco y es natural: quisiera hibernar y dejar de tiritar, olvidarme de los huesos doloridos y helados. Pero, cuando entristezco en verano, siento también una rabia... ¿Con qué sentido una siente que la vida se le escapa cuando la tierra entera está gritando y ofreciendo todo lo que hay por celebrar?

Quizás éste no sea el año en el que me imbuyo del verano como quisiera y, tal vez, dada mi tendencia, dada mi mochila, no llegue nunca en realidad. Es muy probable que todo sea un cuento que yo misma me he inventado, pero, por si acaso, aun siendo así de imperfecto, dejo para mañana mi diario, en el que fui tan sincera como pude durante el verano.

lunes, 25 de julio de 2022

Leer siendo mujer

Cuando eres mujer y tomas un libro entre tus manos, aunque lo hagas exclusivamente en calidad de ser humano, lees con tus ojos de mujer. Verás en las letras miradas que para los demás son inadvertidas: verás nuestro sufrimiento mal entendido, reducido; verás la eterna e injusta dicotomía entre la virtuosa y la puta (porque así nos llaman, así nos hemos estado llamando); verás, en definitiva, la incomprensión que tantos se esfuerzan por defender. Y entonces te darás cuenta. Pensarás que, cuando eres mujer y tomas un libro entre tus manos, aunque lo hagas exclusivamente en calidad de ser humano, lees con tus ojos de mujer.

lunes, 13 de junio de 2022

De los ojos

Me pregunto si los ojos del niño o los ojos del perro ven el cielo adornarse como yo lo veo. Acaso, si no me hubiera muerto tantas veces, no sería capaz de encontrarle en el color lo bello, entre las farolas y los cables del tendido eléctrico. Me planteo también si la inocencia es capaz de oír silbar los trenes así como me besan los oídos, o si siente el viento en el vello de los brazos como si fueran una espiga verde y tierna, y el olor de la lluvia que ha de caer en la nuca, y el frío horrible y fino debajo de las uñas. Si yo no hubiera muerto tantas veces, ¿sería posible que viviera tanto así estando quieta? ¿Sabría encontrar versos en el silencio de una vista? ¿Menguaría para crecer tanto durante mis horas contemplativas? Tal vez, como el niño o el perro en su inocencia, simplemente existiría, jugaría un rato con el aire y, después, me echaría la siesta, pero observando los amaneceres, los campos recién sembrados, la pintura en las farolas, las grietas en el asfalto, también tengo mi rato cómplice con el aire, también duermo un trocito de tarde y, simplemente, existo, aunque ya haga tantas veces que me he muerto.