domingo, 21 de noviembre de 2021

Analfabeta

¿Qué quieres, mundo?

Yo no te sé leer.

Paso los días como cuento:

extrañamente, de diez en diez.


Abro las persianas a las siete,

corro y pierdo el autobús,

firmo las cartas atentamente...

No lo entiendo, ¿qué quieres tú?


Dos o más litros de agua,

me cepillo el pelo, visto de azul,

me asomo siempre a la ventana,

guardo los años en un baúl.


Me transparento en el duro espejo:

"ya estás muerta, no durarás"...

Las siete, el bus, cartas y agua:

"me moriré. ¿Y qué más da?


Me moriré sin el significado;

tal vez con él, el tiempo dirá.

Resbalo sin fin, como las olas,

pero estoy aquí,

no importa más".

lunes, 27 de septiembre de 2021

Para Inês

Inês tiene en el pecho el ronroneo de los gatos
y es como una bailarina milagrosa en la noche:
danza entre las teclas y de sus pestañas se prenden las estrellas.

Inês tiene en sí toda la bondad del mundo
y tiende con sus manos en derredor jardines blandos.

Inês es en la quietud la llama titilante de una vela,
tan suave y trémula que quiero protegerla;
capaz de incendios cuando quiera,
pero siempre luz cálida
                                        (porque es buena).
¿Sabe Inês de verdad su valía entera?
Lo sepa o no, la vida y el mundo la esperan.

Inês tem no peito o ronronar dos gatos...

jueves, 9 de septiembre de 2021

Ya hay que estar en forma para ir al gimnasio

El día en que nací, tres hadas acudieron para bendecirme y otorgarme dones: la primera, Elocuencia, me obsequió con la habilidad de ser una escritora medianamente buena; la segunda, Espectadora, hizo de mí una persona muy observadora; y la tercera, Sedentaria, me miró con lágrimas en los ojos y dijo: “Ella es La Elegida”. Así pues, a lo largo de mi vida no me he caracterizado por ser una persona muy deportista porque, vamos a ver, pudiendo estar sentadita leyendo o escribiendo, o tumbada escuchando música, ¿para qué me voy a poner a hacer ejercicio?

Mi nulidad para las actividades físicas se ha manifestado en mí de maneras muy variadas: las manos de mantequilla, el tembleque en los brazos al intentar levantar una garrafa, la afición que tengo por torcerme los tobillos cuando voy andando, los suspensos en educación física desde primaria… Entre la torpeza y mi inexistente apetencia por el deporte, he resultado ser una persona bastante sedentaria y basta echarme un vistazo para verlo: tengo el metabolismo rápido, pero se me nota que soy fan de los carbohidratos y que no lo compenso de ninguna manera.

Pues bien, a la salida de la adolescencia se despertó en mí el deseo de cambiar mi cuerpo y me propuse hacer ejercicio. Me apunté al gimnasio y corría durante media hora en la cinta dos veces por semana (lo sé, una proeza). Como siempre me pasa, los efectos de la carrera no tardaban ni medio minuto en hacerse notar: el corazón que parecía que se me salía, los pulmones al límite de reventar, el pulso acelerado en las espinillas y las sienes, el sabor a sangre en la boca, el mareíto de costumbre… ¡Ay, qué bien sienta hacer ejercicio! Como habrás podido deducir, me borré del gimnasio al poco tiempo. Pero lo volví a intentar.

Esta vez, hice la matrícula al polideportivo con una amiga e íbamos juntas a clase: Body Balance (sentadillas encubiertas tras el fino velo del yoga), Body Pump (una hora de ejercicio con pesos que no sé cómo resistí porque no soy capaz de subir la bolsa de la compra a casa sin hacer al menos una parada técnica), Body Dying (esto, por dentro). Y entonces mi amiga se borró. Yo, que soy muy tozuda y también muy idealista, seguí yendo, pero las clases me aburrían y también me caían mal los instructores (luego te cuento más). Total, que me borré yo también y tardé un par de años en volver a apuntarme.

Llegamos ahora a mi tercer periodo de gimnasio, ¡el peor de todos! Volví a correr en la cinta media hora obviando las miradas de los que me metían prisa, pedaleaba quince minutos más en la bici estática y, un día, decidí ir a la clase de Cycling, que parece que es una variante más sádica del Spinning. Le dije al instructor que era mi primera vez y que estaba en muy mala forma. Él ajustó la resistencia de la bicicleta estática:

─¿Cuánto pesas? Lo pondré a la mitad de tu peso.

─¿¡A la mitad?!

─Hombre, es que, si no aguantas con la mitad de tu peso, eso quiere decir que sí que estás mal.

Pensé que me moría en esa clase. No podía respirar. Por una parte, uno piensa que qué buena fe por parte del instructor; pero, por otra, me pregunto por qué ese hombre no me escuchó cuando le dije que yo no estaba en forma para nada, por qué no adaptó de verdad la resistencia de la bicicleta a mi capacidad física. Lo mismo para la profesora de Body Pump: ¿por qué hizo que yo cogiera más peso del que era capaz?

Desengañada totalmente de las clases, volví a la cinta estática, hasta que un día se me ocurrió la formidable idea de probar las máquinas. ¿Qué máquinas? Pues ni idea, las típicas que hay en el gimnasio para hacer piernas y brazos. Como yo sólo sé usar las mancuernas, le pedí a una instructora que me enseñara a usar las máquinas. “¿Cuál?”, me preguntó. “Es que no sé usar ninguna”, respondí, y te aseguro que esa mujer se merece un trofeo por el resoplido y la mirada de desdén: yo nunca he conseguido ser tan repelente, y mira que me esfuerzo. “Primero tienes que hacer quince minutos de cardio y luego me vienes a buscar”. Bueno, quince minutos más tarde, volví para verla, y ella se había metido en una sala a dar una clase. ¿Por qué me dijo que la fuera a buscar si no iba a estar disponible? Misterios del universo. Había otra instructora por allí, así que me acerqué a ella con la mejor de mis sonrisas y le pedí ayuda. “No te puedo atender, estoy muy ocupada”, dijo, y siguió hablando con el musculitos que había junto al mostrador. Sentí un desprecio tal que anulé el abono al gimnasio en cuanto salí de los vestuarios. Vamos a ver, ¿no era el trabajo de esta gente motivar a los demás para hacer ejercicio? ¿No tienen que guiar y acompañar en la ardua tarea de acondicionar el cuerpo? ¿O es que pretendían que todo el mundo estuviera en forma antes de estar en forma?

No ha habido un cuarto intento de ir al gym. ¿Para qué, si tengo que ejercitarme para poder hacer ejercicio? ¿Para lidiar otra vez con la condescendencia e ineptitud de esos instructores? ¿Para soportar miraditas por no estar en forma? Va a ser que no. Sentadita estoy mejor, que para algo me escogió Sedentaria.

lunes, 23 de agosto de 2021

La fuente

Ser una escritora torturada,

confeccionar con cada letra

el catálogo de mis penas,

derramar la juventud llorosa

irremediablemente,

confiar en la belleza

punzante,

confortable de la tristeza,


todo eso está reposando en mi carne,

en el blanco de mis ojos;

nunca podré decir que no fui secuestrada,

nunca podré vivir como si no hubiera sido secuestrada

durante nueve años

bajo la tutela abrumadora de los pesares,


pero quiero escribir con tinta nueva,

ofrecerte un pétalo de la esperanza,

asegurarte que ya he llegado a esa parada

donde los días reverdecen y las luces bailan.


Si soy capaz de hacerlo, en realidad,

no lo sé. Cómo voy a decirte la fragilidad

de un cascabel de nieve

desde las suaves puntas de la hoguera,

no lo sé. Pero cortarme el pecho,

volverme hacia fuera como un libro usado,

es simplemente como escribo.

Ahora que trepan las flores, que saco al sol mi jardín,

también he de volverme hacia fuera

como se arriesga y vierte el agua de una fuente fresca.

lunes, 9 de agosto de 2021

Manicura

A Hugo le gustaba mucho mirar las uñas pintadas de las señoras. En las cafeterías, con su mamá, se pasaba el rato observando el esmalte liso y brillante, granate o nacarado, la suavidad transparente, el barniz de iris que decoraban los dedos de las mujeres. También le gustaba ver el pintauñas desconchado de algunas manos, casi siempre pertenecientes a jovencitas que llevaban tanta prisa que no podían pararse a retocarse la manicura.


Hugo también se miraba sus deditos, finos y tiesos, y aquellas falanges, aquellos nudillos arrugados le parecían muy tristes sin acabar en color. Él se mordía las cutículas, roía los bordes de los dedos y se hacía sangre, pero nunca jamás tocaba las uñas, aunque fueran uñas aburridas.


No tardó en decidir pintárselas, pero tenía que ser en secreto, porque, por algún motivo incomprensible, nadie podía saberlo. Una mañana, temprano, sus padres aún dormían, y él se fue al lavabo en vez de a mirar los dibujos animados. Escogió el pintauñas naranja de mamá. Le hubiera gustado azul, pero no había. Abrió el frasquito y aspiró: hasta entonces, no sabía que el esmalte de uñas huele bien además de verse bien. Observó los pelitos del pincel, embadurnado en pintura naranja, y posó la punta sobre su dedo. Se pintó la falange entera: la uña era pequeña y el pincel era demasiado ancho. Angustiado, trató de arreglar el estropicio, y, en el movimiento de intentar lavarse las manos, tumbó el frasquito y un pequeño charco naranja se formó sobre el mármol. Hugo usó papel de baño, pero sólo consiguió esparcir más el naranja; y entonces, sin avisar, la mano de mamá, que llevaba las uñas sin color, pasó un algodón embadurnado en quitaesmalte por la encimera. Hugo tembló.

—No te preocupes, siempre cuesta aprender a pintárselas—dijo mamá.

En silencio, despintó la uña pringosa de su hijo y con veinte pasadas cubrió dos veces de color cada una de las uñitas de sus manos.

—Ahora te tienes que quedar muy quieto hasta que se te sequen.

Sin más, mamá salió del lavabo, y Hugo se quedó allí, sentado sobre la tapa del retrete, mirando sus uñas naranjas.