lunes, 10 de julio de 2023

Aquel espacio

Hubo una época en la que yo estaba muy triste, sí, pero dentro de toda esa melancolía diaria, del abatimiento constante, de la apatía y el dolor simultáneos, hubo un espacio en el que tuve mi mundo de una manera en la que no he vuelto a tenerlo. Un mundo desgarrador, grito inaudible y silencio insondable, pero empecé a percibir las cosas tan a flor de piel, tan protegida dentro de mí, que parecía que por un instante vivía a mi propia medida. Los días se hacían lentos, las letras llegaban y me abrían en mi soledad secreta, mi guarida unipersonal estaba llena de cosas suaves, de cosas cálidas: un amanecer, la hora de la siesta, leche con miel, descalzarse al llegar a casa, la voz grave de mi madre, sólo las palabras bonitas. Mi cuerpo rechazaba toda la podredumbre que llegase de fuera: bastante negrura había ya dentro. No era feliz, pero era feliz a ratos, como un robo a la vida colorida y normal y excitante que me parecía ver en todos los demás, o como una concesión, una distracción de la tristeza. Era feliz como si encontrara una perla rara, feliz sabiendo que muy pronto volvería a la nada. ¿Cuánto sufrí mientras tuve ese refugio tan mío? ¿Y cuando no lo tuve? ¿Cuánto hice sufrir a los demás? Y ahora que el mundo de fuera me da de lleno, que convivo con lo sórdido y lo regateo, ahora que estoy expuesta y animada, ahora que estoy curada, ¿están todas esas cosas suaves y cálidas escondidas aún en mí?

lunes, 29 de mayo de 2023

Onicofagia

Dejé de morderme las uñas porque me gustaba un chico y,

en mis fantasías,

pensaba que qué vergüenza si me daba la mano;

las escondía en los puños del jersey cuando lo veía.


He hecho tantas cosas por ser querida...

He visto largas películas que no me gustaron nada. He aguantado los celos. He aguantado los celos, 

también en el sentido inverso.

Me he desnudado porque pensaba que así me querría.

La gente habla de locuras por amor... Lo mío

han sido gestos cotidianos que me han arrugado un poco.

Me aliso, me aliso,

                    me ayudan a alisarme.

Ahora llevo las uñas largas,

gracias,

buenas tardes.

viernes, 24 de febrero de 2023

Tenía quince años

En esta foto de aquí tenía quince años, era verano, había ido a la playa, me habían trenzado el pelo, una chica del colegio tomó la foto, sí, yo la puse en blanco y negro. Tenía quince años, una camiseta que me encantaba, me había pintado los ojos, llevaba raya verde, rímel negro, lo recuerdo. Me hicieron la foto en el terrado de casa. Eran días extraños. Me daba cuenta de cómo crecía, me daba cuenta de que no era normal esa tristeza, ese mirar las cosas con detenimiento, y me imaginaba en el futuro, aunque no de forma concreta. Las cosas llegarían, la universidad, las facturas, ser adulta, todo eso, pero no pensé en mis manos: ¿han cambiado, mis manos, tecleando como hacían entonces? Han pasado diez años. ¿Sabía yo, en realidad, lo que significa el número veinticinco? Ahora es invierno. Estoy en pijama. A veces sale la pregunta de qué le dirías a tu yo de hace tanto tiempo. ¿Qué le diría? Nada. Un abrazo. Son bonitas las trenzas.

lunes, 13 de febrero de 2023

Una carta no lleva título

viernes, 13 de enero de 2023

S, amiga mía:

No me acuerdo de cuándo fue la última vez que escribí una carta, pero sí nos recuerdo a ambas sentadas en la misma mesa, después de la comida, leyendo yo, hilando tú las palabras de amor sobre el folio lila. Qué cortas las palabras más grandes para decirlo de veras, para explicar lo profundo, abrirse el pecho a golpe de pluma, poder dar voz a lo que nos sangra. Te veía así, con tu letra infinitamente redonda, las aes son oes con un rabillo diminuto, y un círculo es infinito, tiene mil aristas y no tiene ninguna, la vida es tan corta y el amor es tan inmeso.

Yo quisiera escribir para ti una carta de amor. Ensarto con la misma aguja el discurso por palabras, coso en la página los botones, se me caen las comas al suelo amiga hay tantas cosas que tengo que decirte que no acierto a articular gracias por esperarme gracias por hablarme un momento yo las recojo, ya está, ya las tengo aquí en la mano.

Quería decir, amiga, que tú me diste las llaves de tu casa para que yo pudiera tenderme en tu cama, dormir un rato más para llorar un rato menos. Contigo (aunque tú ibas muy por delante) atravesé corriendo un aeropuerto. Contigo alquilo una noche en un apartamento sin más cerca de la playa para tumbarnos al sol sin tener que decirnos nada. Contigo iba a clases de inglés por las tardes, pobrecita la profesora, qué roja se ponía cuando la hacíamos enfadar. ¿Te acuerdas de aquellas noches de pijama? Tú te dormías antes que yo y te despertabas después. Esa oscuridad inescrutable de tu habitación, de verdad que no sé cómo te dormías estando tan oscuro, pero ahí cerraba la puerta tu madre, no me veía ni mis propias manos, y ahí nos hablábamos entre bostezos, qué cosas teníamos en nuestra infancia, qué desvelos después. Antes de ir al instituto, yo te esperaba mientras tú te quemabas el pelo con la plancha (total, luego te hacías un moño mal hecho, para qué se ha planchado esta chica el pelo durante diez minutos) e iba a tu casa y me sentaba en el váter mientras tú te duchabas. Yo me sentía tan sola entonces, tan sola tantas veces, a veces no me veía ni mis propias manos, pero tú respirabas, ya dormida, en la cama de al lado. Ahora trabajamos las dos y habrá oposiciones y nos vemos así como robándole un rato al día, amistad dándole esquinazo a todo eso que hay que hacer, amistad honesta de contrabando, cantando en el coche, llorando en el cine, andando juntas sencillamente. De todo me acuerdo: tú también conmigo.

En fin, dejo aquí la carta. No la cierro: la dirección ya la conoces, la puerta sólo está entornada.

- L

viernes, 13 de enero de 2023

Los gusanos

Cuando éramos pequeñas, a la hora del recreo, los días tras la lluvia, buscábamos gusanos en la tierra y los metíamos en un cubo con barro y agua. Éramos grupos pequeños; como máximo cuatro personas, quizás, y en cuclillas, junto a las tapias, con un palito en la mano hurgábamos en el lodo resbaladizo, intentábamos enrollar las lombrices como espaguetis en el palito. No sé si cazábamos o pescábamos. 

Corríamos a buscar al profesor para enseñarle nuestro hallazgo: tantos gusanos como encontramos secuestrados el cubo de plástico rojo. Los mirábamos con extrañeza, con fascinación, a pesar del asco que decía alguien. Se movían como por arte de magia, retorciéndose para esconderse. Siempre los devolvíamos a la tierra. No queríamos hacerles daño.

En un marco tengo una foto: éramos nosotras, las de entonces, con cinco años, la bata de cuadritos, las coletas deshechas, los pies torcidos. Las niñas que buscaban gusanos. Ahora, tanto tiempo más tarde, a veces nos retorcemos para escondernos. Alguna vez, sin embargo, asomamos la cabeza, como esperando una mano infantil que nos acerque un palito y nos meta en un cubo, y se maraville por cómo somos, cómo nos movemos, cómo salimos después de la lluvia.