lunes, 24 de enero de 2022

Mis ojos, mi cuerpo

Toda mi vida he sido delgada y, cuando era adolescente, me sentía acomplejada por ello (mis amigas tenían bastantes más curvas y yo sentía que no estaba bien desarrollada), pero, hace un par de años, gané algo de peso, y entonces sentí que todo el trabajo que me había costado aceptar aquel cuerpo flaco había sido para nada, porque tenía que esforzarme otra vez simplemente para normalizar mi nueva figura, más llena. Entonces me di cuenta de que, aunque estoy totalmente a favor del movimiento body neutrality e incluso del body positivity, subconscientemente me había estado sintiendo orgullosa de mi delgadez, aunque no me gustaba a mí misma.


Intenté aceptar ese cuerpo y me fui de compras porque no me cerraban los pantalones y tenía la sensación de que mi ropa ya no me quedaba bien. Aquello funcionó, pero por poco tiempo, porque seguía sin gustarme. Sabía racionalmente que, aunque estaba más gorda, no estaba gorda (y, si lo hubiera estado, tampoco pasaría nada malo, pero resulta que eso me lo creo para los demás, pero no para mí porque, ¡hola!, ahí hay más problemas de autoestima). Aun así, me sentía fea, y también tenía la sensación de que, por no estar realmente gorda, no tenía derecho a decir en voz alta que estaba acomplejada. Haber sido delgada toda la vida me quitaba ese derecho, porque ahora por fin pesaba más, ¡y eso no había arreglado mi percepción de mí misma! Entonces, ¿qué necesitaba para verme bien? Yo misma me daba la respuesta: un cuerpo diferente. Obviamente, tuviera el cuerpo que tuviera, le encontraría defectos y motivos por los que sentirme poco atractiva.


Llegaron los comentarios. Antes de la irrupción del covid, fui un día a depilarme las cejas y la esteticista me dijo: "uy, has engordado, ¿no?", a lo que yo respondí que sí. "Se te nota en la cara... Y, cuando te has dado la vuelta, te lo he notado en el culo". Siguió insistiendo en que yo había subido de peso hasta que le dije que, cuando estaba delgada, la gente me decía que tenía que engordar; ahora que lo había hecho, también me hablaban de mi peso. La coletilla de "pero estás bien" no suavizaba nada. Durante el confinamiento, un miembro de mi familia me preguntaba si había engordado en cada videollamada: "se te ve más rellenita". La verdad es que no, no había engordado entonces, sino antes, pero el comentario constante me sentaba como una patada. Durante todo ese tiempo, tenía la sensación de que la gente que me hablaba de mi cuerpo lo hacía con satisfacción, como si ellos ganaran algo porque yo ya no estuviera tan delgada. Todas estas "opiniones" me enfurecían porque me parece una grave falta de respeto hablar de este modo sobre el cuerpo de nadie, pero también me hacían sentir peor conmigo misma.


De todos modos, intentaba hacer de ejemplo, porque trabajo con adolescentes y es necesario que vean distintos tipos de cuerpos y los normalicen, así que me daba igual que se me viera la celulitis al sentarme cuando llevaba falda y me daba igual enseñar las piernas con el vello totalmente crecido, pero me avergonzaba que se viera un michelín, que la carne del brazo temblara al escribir en la pizarra. Siempre me había sentido mal por estar demasiado delgada; ahora me atormentaba haber engordado.


Mi relación con la comida empeoró. Me sentía vergonzosamente culpable cuando comía muchos carbohidratos, o sodio, o grasas. No me gustan las dietas, pero quería hacer una. Se me iba de las manos. Tuve que desaprender muchas cosas y aprender de nuevo cómo comer de forma saludable. Empecé a hacer ejercicio muy ligeramente, pero de forma bastante constante. Con el tiempo, comencé a sentirme algo mejor con mi cuerpo, que había cambiado otra vez y tenía un aspecto más sano, aunque nunca había dejado de estarlo. "Estás más delgada", me decían entonces. Tampoco me gusta ese comentario.


Todavía tengo miedo de otras formas que sé que llegarán naturalmente (algún día tendré un estilo de vida diferente que me impactará a nivel físico, seré madre, envejeceré), pero trato de aceptarlo. Supongo que ya llegará, pero estar expuesta constantemente a ciertas imágenes e ideas dificulta mucho el proceso. Cuando mi cuerpo cambie nuevamente, también me hablarán de ello aunque yo no quiera que nadie me diga nada. Espero saber apreciar de verdad mi salud por encima de mi aspecto entonces. El problema está en mis ojos, no en la carne. Ojalá poder taparme los oídos.

martes, 11 de enero de 2022

Los ojos de la ballena

Como no había modo de que la maquinaria necesaria accediera a la playa, nos dijeron que, desgraciadamente, no se podía hacer nada por la ballena que se había quedado varada. Yo no me había atrevido a acercarme, porque no me creía capaz de ver aquellos ojos grandes, que seguro que eran tristes y cansados. Lo que nos pareció lo más compasivo que podíamos hacer era sacrificar a la ballena. Todo el pueblo se reunió en la plaza para votar qué hacer con ella, y, aunque a muchos nos tembló la mano al alzarla, el resultado fue unánime. Luego votamos a los encargados de eutanasiar al animal, que tendrían que decidir cómo hacerlo, y nos fuimos para casa.

A la mañana siguiente, los elegidos nos convocaron nuevamente en la plaza. Sacrificarían a la ballena mediante un ritual, y tratarían de ser rápidos para evitar por todos los medios posibles que sufriera. Nos plantearon que, una vez descansara el colosal animal, había que hacer algo con el cuerpo. Nadie quiso descuartizarlo y tirarlo al mar. Por algún motivo, nos parecía macabro devolver a su hábitat los trozos de lo que fue un ser vivo, en lugar de dejarlo entero en el agua, y dejar que se descompusiera en la playa no era una idea mejor. Así, resolvimos en comernos la ballena, pero lo haríamos desde el respeto, reflexionando a cada bocado sobre la situación que nos había llevado a tener que sacrificarla y comerla.

La eutanasiaron de noche para que nadie tuviera que presenciar tal cosa. Cuando regresaron, al amanecer, ya había gente madrugadora en la calle, yo entre ellos. En sus ojos vi una expresión de pena y cansancio, exactamente la que esperaba de los ojos de la ballena. A mediodía, aquellos cuatro elegidos seguían la misma mirada cuando volvimos a reunirnos en la plaza. Nos dijeron que la ballena no parecía una ballena ya, y que necesitaban voluntarios para repartir los trozos de carne por las casas. Calculamos que, si éramos constantes, en medio mes podríamos terminar de comer todo lo que recogiéramos aquel día. Como yo estaba fuerte, me ofrecí para ir a la playa. Era cierto: la ballena ya no parecía una ballena, pero tanto el agua como la arena estaban teñidos de rojo y el olor a sangre era tan potente que mareaba.

Aunque los voluntarios nos esforzamos mucho, hubo algunos trozos que no pudimos sacar de la playa. Como no los podíamos refrigerar y se iban a estropear, aquella noche fue todo el pueblo a la pequeña bahía, compungidos por lo que teníamos que hacer y por el olor a sangre. Encendimos una enorme hoguera, asamos y sazonamos los trozos y, después de unos minutos de oración por la pobre ballena, comimos en silencio, sentados alrededor de la hoguera, oyendo el crepitar del fuego y el rumor del mar. Nadie se movió del sitio hasta que se apagaron los últimos rescoldos.

Los días que pasamos comiendo ballena se hicieron muy largos. A medida que nosotros tragábamos la carne, una fría tristeza nos engullía a todos, y un silencio acuático se instaló en las calles. Parecía que aquello no iba a terminar nunca. Cierto día, comencé a oír unos sonidos que nunca antes había percibido, pero que entendía a la perfección. Usando ese mismo sonido, le pregunté a mi padre si él también los oía, y me contestó del mismo modo. Era una especie de melodía grave, muy grave, que le hablaba a mis entrañas y, tratando de olvidar el pesar que cantar así me producía, dejé totalmente de hablar como lo hacía antes para, simplemente, cantar. Pareció ser un acuerdo tácito entre todos y nadie volvió a pronunciar palabra.

El pueblo entero volvió a juntarse en la playa cuando ya quedaban sólo los últimos trozos. Otra vez la gran hoguera, otra vez la oración, y otra vez el silencio comiendo. Ya no había sangre en la playa; el mar se la había tragado, pero en el aire todavía estaba suspendido el olor de la muerte de la ballena. Nuevamente, nos quedamos sentados hasta que se extinguió completamente el fuego, pero nadie volvió a casa. En su lugar, en una larga hilera al borde del mar, nos tomamos de las manos y comenzamos a cantar. Los cristales de las casas reventaron y algún techo se derrumbó. Aún cantando, avanzamos agua adentro, hasta que nos cubrió totalmente, y desaparecimos así, tras un último vistazo al pueblo desde mis ojos fatigados y apenados.

Las calles ahora están calladas para siempre. Bajo el mar, en las profundas aguas frías, mi pueblo entona su canción triste.