Quiero escribir de esperanza, pero me sale la pena. Es agotador estar triste porque es agotador intentar estar bien. Cada hora espero el momento en el que se cansen de mí.
Has de pensar en lo que te gusta hacer. Te gusta leer, pero nunca tienes ganas. Te gusta escribir, pero no hay más inspiración. Te gusta la música, pero las canciones te cansan. Cómo no vas a aburrir.
Pasan días y también pasan ratos en compañía. Qué van a pensar cuando se den cuenta de cómo he de esforzarme para conversar. Con qué cara los voy a mirar cuando no pueda aguantar más. Cuántas oportunidades silenciosas estoy malgastando de un solo golpe. Cuándo se van a cerrar las puertas. A qué ritmo se agotan la comprensión y la paciencia.
No es a propósito. Ojalá creyera: podría rezar para que volvieran las ganas y la lectura y las ideas buenas y las ideas felices y el ritmo de vivir como se supone que he de vivir.
Son sombras sepulcrales. El futuro, al otro lado de mañana, tiene que ser claro. Ahí pongo siempre la mirada si es que el pasado no me arrastra, si es que el presente no me entierra. Hay días en los que me quedo ciega y no hay porvenir que venga. ¿Cómo existo, entonces, si es por las flores prometidas que me mueve la inercia?
Decían que se quedó la esperanza dentro de esa caja antigua... Quién sabe si es monstruo o si es presencia divina.
