miércoles, 30 de octubre de 2019

El Malsentir


Quiero escribir de esperanza, pero me sale la pena. Es agotador estar triste porque es agotador intentar estar bien. Cada hora espero el momento en el que se cansen de mí.

Has de pensar en lo que te gusta hacer. Te gusta leer, pero nunca tienes ganas. Te gusta escribir, pero no hay más inspiración. Te gusta la música, pero las canciones te cansan. Cómo no vas a aburrir.

Pasan días y también pasan ratos en compañía. Qué van a pensar cuando se den cuenta de cómo he de esforzarme para conversar. Con qué cara los voy a mirar cuando no pueda aguantar más. Cuántas oportunidades silenciosas estoy malgastando de un solo golpe. Cuándo se van a cerrar las puertas. A qué ritmo se agotan la comprensión y la paciencia.

No es a propósito. Ojalá creyera: podría rezar para que volvieran las ganas y la lectura y las ideas buenas y las ideas felices y el ritmo de vivir como se supone que he de vivir.

Son sombras sepulcrales. El futuro, al otro lado de mañana, tiene que ser claro. Ahí pongo siempre la mirada si es que el pasado no me arrastra, si es que el presente no me entierra. Hay días en los que me quedo ciega y no hay porvenir que venga. ¿Cómo existo, entonces, si es por las flores prometidas que me mueve la inercia?

Decían que se quedó la esperanza dentro de esa caja antigua... Quién sabe si es monstruo o si es presencia divina.


viernes, 25 de octubre de 2019

Blur

No sé qué sería una vida no figurativa. Pasear entre garabatos infantiles, aceras inconexas en las grandes avenidas, espuma de afeitar en el café. A veces pienso en la lengua anudada, en saber sin saber qué, en pensar y no encontrar ni silencios ni palabras, en una destrucción indolente y un abigarramiento de cosas blandas. Humanos desbordados por no tener bordes, como tiza difuminada, y perros imposibles y antónimos. Lluvias horizontales de arena, pestañas afiladas, collage de existencia, la viva imagen de la nada. Un color que no existe, un sonido inaudito... Una sombra suave, desconocer sólo un infinito.

sábado, 19 de octubre de 2019

En una habitación


Escucho las risas: no son mías. Fuera, al otro lado de la casa, estaba tan encerrada como en esta habitación compartida. Como no hay farolas, me da miedo marcharme. Aquí estoy, qué curiosidad, perseguida como en una pesadilla. Primero, el pulso disparado. No sé de qué, tal vez sea por no pertenecer, por estar encogida en una ratonera; de verdad, no sé, pero el corazón no me late dos veces, sino tres, y palpita como si fuera a salirse de un impulso.

Segundo: hiperventilación. Es muy difícil respirar tan rápido cuando la nariz está tapada de llorar. Precisamente es por el ahogo. Pienso, inevitablemente, en el ascensor del hospital, en mi tío asfixiándose en la camilla, en sus ojos de no entender o, peor aún, de saber exactamente qué. Fui la última voz de un ser querido que escuchó antes de que lo sedaran. Dije: "si respiras muy rápido, también te ahogas". Ahora me estoy ahogando yo.

También es ineludible el recuerdo insistente de cómo gritó cuando lo pasaron de la cama a la camilla. Tenía tantos huesos rotos, tanto dolor metastásico... Yo miraba por la ventana en ese momento, deseando gritar con él.

Y ya después me acuerdo del resto de mis muertos. Mis muertos tan queridos, arrancados de mí como si fueran mis brazos. Mi otro tío. Mi abuela paterna. Mi abuelo paterno. Mi abuelo materno.

Mi mama.

Mi mama, que me duele como una cuchillada de tanto que la quiero. Mi mama, a quien ya extrañaba en vida. Mi mama, a la que no sé cómo llegar porque nadie vivo sabe adónde van a parar los que se marchan.

Se murió sufriendo. Tenía sed; todo el rato pedía agua. Se ahogaba al beber. También vi en sus ojos la incomprensión de la certeza. Fue valiente y tuvo el ánimo de hacer un paso de baile antes de cerrar los ojos. Nos hizo reír: sería lo último que escuchara. Después, sedada. Yo nunca dejé de repetirle cuánto la quería, cuánto la quiero. ¿Cómo se lo hago saber ahora?

Estoy lejos de casa. Oigo conversación alegre, oigo risas. No son mías.

jueves, 17 de octubre de 2019

martes, 15 de octubre de 2019

Indentirrogante

¿Y si no tengo cara, y si, en realidad, no soy infeliz? ¿Y si no soy yo quien sale de casa, quien no sabe qué desayunar, quien lleva siempre prisas para aburrirse? ¿Y si no existo en realidad? ¿Y si soy toda infundada y no voy ni tampoco vengo? ¿Y si andar no lo hacen los pies que tengo? ¿Y si me he quedado sin piel, sin uñas y sin pelo? ¿Y si no conozco a nadie que me encuentro? ¿Y si nunca me organizo, y si no pierdo el tiempo? ¿Y si vivo y no vivo entre todo este ciemo? ¿Y soy una voz de neón amarillo? ¿Y si electricidad a la velocidad del sonido? Y qué empeño en ser, ir a ser, haber sido. ¿Y si me vuelvo a desperder y dejo de ser, y si sólo vivo?

domingo, 6 de octubre de 2019

Gilda

Gilda se tumba y parece una luna creciente. Se enrosca y se convierte en ensaimada. Se posa y es toda ella una esfinge. Acuchilla con los dientes, masacre con las garras. Cuando estamos solas duerme donde esté yo; en verano me rehuye, le doy calor; en invierno se acurruca como una bufanda blanda, y en la vibración de su respiración aletea una calma centenaria. Gilda se pasea, pequeña tigresa blanca. Vio salir dos por la puerta y ya sólo volvió una. Oyó la cerradura abrirse y temió durante la desvalijada. Pero su paso sigue siendo pluma y sus ojos miran con claridad desde el alba. Maúlla, se limpia entre las almohadillas, se roza y se queda en toda la casa. Gilda, mi compañera silenciosa... A veces me sorprendo porque no hablas.