sábado, 19 de octubre de 2019

En una habitación


Escucho las risas: no son mías. Fuera, al otro lado de la casa, estaba tan encerrada como en esta habitación compartida. Como no hay farolas, me da miedo marcharme. Aquí estoy, qué curiosidad, perseguida como en una pesadilla. Primero, el pulso disparado. No sé de qué, tal vez sea por no pertenecer, por estar encogida en una ratonera; de verdad, no sé, pero el corazón no me late dos veces, sino tres, y palpita como si fuera a salirse de un impulso.

Segundo: hiperventilación. Es muy difícil respirar tan rápido cuando la nariz está tapada de llorar. Precisamente es por el ahogo. Pienso, inevitablemente, en el ascensor del hospital, en mi tío asfixiándose en la camilla, en sus ojos de no entender o, peor aún, de saber exactamente qué. Fui la última voz de un ser querido que escuchó antes de que lo sedaran. Dije: "si respiras muy rápido, también te ahogas". Ahora me estoy ahogando yo.

También es ineludible el recuerdo insistente de cómo gritó cuando lo pasaron de la cama a la camilla. Tenía tantos huesos rotos, tanto dolor metastásico... Yo miraba por la ventana en ese momento, deseando gritar con él.

Y ya después me acuerdo del resto de mis muertos. Mis muertos tan queridos, arrancados de mí como si fueran mis brazos. Mi otro tío. Mi abuela paterna. Mi abuelo paterno. Mi abuelo materno.

Mi mama.

Mi mama, que me duele como una cuchillada de tanto que la quiero. Mi mama, a quien ya extrañaba en vida. Mi mama, a la que no sé cómo llegar porque nadie vivo sabe adónde van a parar los que se marchan.

Se murió sufriendo. Tenía sed; todo el rato pedía agua. Se ahogaba al beber. También vi en sus ojos la incomprensión de la certeza. Fue valiente y tuvo el ánimo de hacer un paso de baile antes de cerrar los ojos. Nos hizo reír: sería lo último que escuchara. Después, sedada. Yo nunca dejé de repetirle cuánto la quería, cuánto la quiero. ¿Cómo se lo hago saber ahora?

Estoy lejos de casa. Oigo conversación alegre, oigo risas. No son mías.

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