Éste es mi hombre. Aún es joven; yo envejeceré con él, pero no lo veré cambiar. Tiene las cejas como plumas de cuervo, lunares en las orejas y en los labios, en la boca carnosa y viva. Se le transparenta el verano en la piel, en la tirantez de los músculos suaves. Los brazos son ramas; las piernas, como columnas bíblicas, y entre las largas pestañas se lee el fulgor del pensamiento. Sonríe como sabiendo algo que yo no sé, como enterrando en mí la semilla de una noche blanca. Él es, por su sangre caminan los hilos del futuro. Tendré la suerte de que me comparta un ratito de su existencia. ¡Qué poca luz sin mi hombre! Moriré, espero, antes de su deceso. Los ojos le relucen entendiendo.
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