lunes, 12 de abril de 2021

Cigarra

Lo mejor de aquellos días era reclinarse en una de las sillas del porche a ver las nubes del atardecer sobre las montañas. Yo tomaba alguna infusión helada y Pablo, tumbado en el suelo entre plastidecores, le daba un buen trago a su vaso de leche fría y luego se olvidaba un rato de él, concentrado en seguir pintando sus enormes mariposas de colores.

Siempre estaba cansada, pero no cansada de verdad. Entre semana, me levantaba temprano y salía a dar un largo paseo con Ris, el perrito blanco. Tomábamos el sendero hacia el mirador y, cuando llegábamos al camino del bosque, le quitaba la correa para que campara a sus anchas. Desde el mirador se veía la playa, que estaba a un par de kilómetros. Me quedaba un rato acodada en la barandilla, sin hacer nada más, hasta que se me enfriaban los brazos con el poco de fresco nocturno que quedaba, y luego deshacía el camino, me paraba a jugar con Ris entre los árboles y volvíamos a casa. Por lo general, Pablo aún no se había despertado. Mi hermano, sí. Solía encontrarlo fumando un cigarrillo al lado de la ventana abierta de la cocina. Yo preparaba café con hielo para ambos y tostábamos pan del día anterior. Entonces, me iba a por Pablo, que se deshacía en mimos soñolientos, un poco sudoroso porque hasta en verano se tapa.

Desayunábamos los tres juntos y me iba a vestir a Pablo. Una camisetita estampada, unos simples pantalones azules. A menudo lo cogía en brazos sobre la pila para que él mismo se lavara la cara. Le pasaba el cepillo por el pelo y salía correteando. Un día me dijo, al darse cuenta de repente: "creo que es el tío el que recoge la mesa después del desayuno", pero mi hermano no lo oyó, porque ya se había marchado a trabajar. Y esa era la hora de los recados. Bajábamos al pueblo a por una barra de pan, hacíamos la compra de la semana, pasábamos por la papelería para el periódico y tal vez una revista, y si yo no llevaba nada que tuviera que meter en la nevera, nos acercábamos a los columpios de la plaza a jugar un rato.

Al volver, encendíamos la radio y yo limpiaba un poco o leía mientras Pablo hacía sus sumas o practicaba la letra ligada, y sacábamos a Ris a por otro paseo. Luego nos lavábamos las manos y yo sentaba a Pablo sobre la encimera para que me hiciera de pinche de cocina, y comíamos y nos poníamos los bañadores y nos metíamos antes de empezar la digestión en la piscina. Más tarde llegaba mi hermano, se bañaba con Pablo, y después venía la ducha, y mi hermano se iba por ahí con Ris, y luego nos íbamos al porche, a pintar o leer Pablo y a mirar yo el atardecer. Quizás eso era lo mejor de aquellos días, o quizás aquellos días fueron los mejores.

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