Decían que, en las ciudades, las ejecuciones se convertían en un espectáculo y la gente se reunía alrededor de la horca con puntualidad; incluso algunos se disputaban el lugar más cercano al patíbulo para poder oír con claridad el chasquido de los huesos del cuello al romperse. En los pueblos, o, al menos, en el pueblo de T. Yuste, no era así por dos motivos: el primero, que todo el mundo estaba demasiado ocupado como para entretenerse en ver matar a alguien, y el segundo, que la muerte de una persona no era tan distinta de lo que se veía a diario y sin ceremonias en el matadero. En su lugar, se corría la voz de que habían sentenciado a alguien, transcurrían un par de días, y entonces se daba la noticia de que el condenado ya estaba muerto. Ni tan sólo las víctimas del crimen que se saldaba se molestaban en presenciar la ejecución.
T. Yuste nunca entendió cómo ni por qué terminó juzgado culpable por un asesinato del que no sabía nada. A pesar de su afán imparable de probarse inocente, siempre recibía un argumento más que lo inculpaba; en algunos instantes, incluso dudó sobre si realmente había cometido el crimen. El proceso no duró mucho, y en pocos días el juez lo sentenció y todo se dispuso para la ejecución.
Otra diferencia entre la ciudad y el pueblo de T. Yuste es que en las urbes había construído en la plaza un patíbulo inamovible y aquí no había tal, sino que se llevaba al condenado atado de pies y manos y montado a la amazona sobre un caballo hasta llegar a un árbol apartado, siempre el mismo, que tenía las ramas lo suficientemente firmes para preparar la soga en una de ellas. Ese fue un día oscuro, con el cielo cubierto de gruesas nubes grises. T. Yuste, todavía incrédulo, observó cómo los verdugos hacían el nudo y lo amarraban a la rama. Bajo él, el rocín viejo respiraba impasible, mordisqueando algunas hierbas que crecían a los lados del camino. "Tiene hambre. Cuando termine, lo llevarán a la cuadra y le darán de comer heno", pensó. Fue entonces cuando tomó conciencia de que, para cuando el caballo estuviera comiendo heno, él llevaría ya varios minutos muerto.
Los verdugos se acercadon a T. Yuste y le pusieron la soga al cuello.
–¿Últimas palabras?
El condenado tomó aire por una de las últimas veces de su existencia y, haciendo acopio de un valor que no tenía, respondió.
–Entenderán ustedes por qué no hace un sol de justicia.
La tarde caía y se oyeron los primeros truenos. Mientras los verdugos descolgaban el cuerpo de T. Yuste, el caballo encontró una flor amarilla y se la comió.
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