Cada día procuraba subir a la azotea, aunque fuera apenas media hora, para aspirar el aire callejero que subía desde las aceras y, como una lagartija, prosperar al sol. Esa era, quizás, la única costumbre que había llegado a desarrollar durante aquellos días de cuarentena, en medio de aquella rutina extraña de naderías que ahora recuerdo como una neblina arcillosa.
Aquella mañana me había vestido como si tuviera una cita y, en cierto modo, así era: un encuentro fugaz con el mundo más allá del portal con la triste excusa de ir a tirar la basura a los contenedores de la avenida. Después del mediodía perezoso, salpicado de lodo como un gusano, subí, todavía vestida, y me dolían las piernas porque el día anterior había estado correteando por las escaleras del bloque por moverme un poco, por recordar la doblez de los tobillos al andar más de dos pasos. No hacía calor, tampoco frío ya. Hoy tenía que durar el día igual que hacía seis meses. Asomada al borde de la terraza, oteé la distancia, y no vi coches, y no vi gente, sólo un soplo de viento transparente que mecía las hojas de los árboles chatos. Era aire frío.
Anduve un poco por la azotea. No vi nada nuevo, nada sorprendente. Todo era distinto, pero nada había cambiado. Así serían los primeros meses después de la muerte de todos los humanos, pensé. Al final me acerqué a una de las paredes, porque allí el vientecillo punzante no alcanzaba, y, apoyada en uno de los rebordes del terrado, abrí el libro, comencé a leer, y alternaba entre las letras y este mundo nuestro, con el sol en las pupilas y el ruido espumoso de las nubes desplazándose por el cielo claro. No era invierno, tampoco primavera; era esa época parentética en la que el polvo de la existencia absurda llenaba los cuartos de dentro. Leía, paladeaba las palabras, y entonces no leía. Se posaron dos urracas gordas sobre la antena de la televisión, con su dulce clamor impertinente. Dos urracas, siempre van de dos en dos, y agitaban sus colas rígidas como un cigarrillo en un cenicero, y sus alas desprendían destellos azules cuando se movían al sol.
Decían que mañana llovería. No podría salir como estos días atrás. Bajé los escalones, las piernas me dolían, lo besé cuando entré en casa y estaba todo oscuro, y yo llevaba en los ojos la luz del exterior. Abrí de repente las cortinas, se coló en el piso la claridad de fuera, y en unas horas se terminaría el día y se repetiría el reloj, y así hasta que se terminó aquella rareza del confinamiento y se volvió a democratizar el asfalto.
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