martes, 23 de diciembre de 2025

Hazte con todos

Te descalzas nada más entrar en casa y dejas los zapatos de cualquier manera al pie de la escalera. Te quitas también la peluca y los dientes de vampiro y los tiras al suelo, junto a los zapatos. Avanzas por el pasillo que te sabes de memoria hasta la cocina. Tal como entras, el pulsador de la luz te queda a mano izquierda, a la altura del codo. Antes lo llamabas interruptor, pero desde que estás en Leroy Merlin intentas decir las cosas bien para que no venga ningún resabido con que no se dice así. La luz te hiere los ojos, y eso que son de plástico. Le echas un vistazo al reloj de la pared, le sumas los seis minutos que va atrasado y piensas que al final vas a tomarte el café a la hora de siempre. Un día normal te meterías un yogur entre pecho y espalda y saldrías pitando porque tienes media hora hasta el polígono de Tudela, pero hoy es un día fresco de un año fresco y vas a sentarte a desayunar aunque te desplomes sobre la mesa del cansancio que arrastras.

Abres el frigo para sacar la leche y templarla en el microondas. Pones la cafetera en el fogón, te quitas la capita y la cuelgas del gancho de los delantales. Te dejas caer en la silla mientras el café se calienta, y entonces suenan las llaves en la cerradura al otro lado del pasillo. Estela entra y se tropieza de inmediato con tus zapatos, tu peluca y tus dientes. Se caga en tus muertos, pero le viene el olor del café y se le pasa. Ha traído churros. Se descalza con el mismo poco cuidado que tú y se baja la capucha. Os habéis despedido después de las uvas porque ella se quedaba en Funes, pero tú tenías planes en Rincón. Te da un poco de rabia y de pena la de droga que se mueve en Rincón, tanto cachorro destrozándose a fuerza de chutarse, pero aun así ha estado bien. Estaba Chelo también, la bulldog, hacía la tira que no la veías. Ahora se hace llamar Cherry, pero no se ha disfrazado la muy sosa. A ti te gusta que la gente se vista por Nochevieja; Estela, por ejemplo. Ha ido desde la cena con un mono de patito que es muy calentito, pero un engorro para hacer pis. Vestida así te recuerda a cuando erais muetes e ibais al colegio en vuestra Txirubania natal. Aún va achispada, se le nota en que se le apagan los ojos, y eso que también son de plástico. Estela planta el papel aceitoso de los churros sobre el hule, se relame el tercopelico grasiento de las patas y sirve el café. Piensas en que mañana trabajáis los dos. Piensas en que, como todos los años, seguramente este es uno de los mejores momentos que vas a vivir en los próximos 365 días (gracias a Dios no es año bisiesto). Os partís el primer churro, es tradición.

—Bueno, vamos con el informe, cuéntame.

Le explicas tu noche. Ella deja de comer y cierra los ojos. Podría pensarse que se está quedando dormida, pero no, lo hace para concentrarse en lo que dices. Ha fruncido el ceño y todo. Os reís con esa risa de estar agotados. Lo de la Cherry le hace mucha gracia. Cuando terminas de hablar, Estela abre los ojos y sigue dando cuenta del desayuno, ni churrea ni murrea. Se hace la misteriosa. Tienes que preguntarle tres veces que qué tal le ha ido a ella y eso significa que ha pasado algo. Muy modosica, se limpia las comisuras dándose toquecicos suaves con el papel de cocina, pone cara de soñadora.

—He conocido a alguien.

Por tu mente desfilan todos los novios que ha tenido hasta el momento. Te acuerdas hasta de Runo, del parvulario. Era majico. Aún no has conocido ningún conejo que no fuera majico. Estaba extrañamente interesado en el té para los cuatro años que teníais entonces. ¿Qué habrá sido de Runo? Quizás os crucéis en otra Nochevieja, como hoy con la Chelo. Estela abre un sobre de azúcar y lo vuelca sobre los churros.

—¿Te acuerdas de Runo?
—Mira que era majico. Todos los conejos somos majicos.
—Es verdad.
Estela suspira, te pone de los nervios. Se le da mejor que a nadie lo de dejar en vilo, da igual lo jugoso que sea el chisme, es la reina de la paciencia.
—¿Qué vida, pues?
—¿Hmm?
—No te hagas de rogar, que quiero irme a la cama y no podré dormirme si no me lo cuentas.
—Es un chico.
—Un chico. ¿Un chico?
—Sí.
—¿Un chico rollo una persona?
—Sí.

A veces te preguntas si es que tiene algún tipo de reto personal de estar con todas las especies, como quien completa la pokédex. A ti te pasa con los puestos de trabajo de remuneración cuestionable, pero no hay gusto en ello.

—¿Y pues?
—Pues que tiene muy buena conversación, nos hemos pasado media noche fuera del bar para poder hablar sin tener que pegar voces.
—¿Os habéis liado?
—No. Mira.

Revisáis su Instagram entero. Está bien. También revisáis su Goodreads. Según tú, le gusta un poco demasiado Bukowski, pero a Estela eso le da igual. Dice que se casará con él. Es una kamikaze. Ya no tiene los ojos apagados. Al final sí que se casarán. Os partís el último churro, es tradición, y termináis rápido el café, que luego se queda frío y da asco. Lo dejas todo en el fregadero. Estela dice algo de trabajar mañana, le dices que se calle porque te gustaría no pensar en el suicidio hasta por lo menos marzo. Ella dice que en dos semanas ya estarás diciendo que a ver cuándo baja Dios y te lleva, os apostáis dinero. Perderás, ya lo sabes. Te sientas en tu silla y os miráis, risa floja otra vez. Estela se inclina hacia el pulsador y apaga la luz. Está amaneciendo.