La fuerza encontrada en el camino se me fue en cuanto se abrieron las puertas del ascensor. Cuarta planta. Desde la caja de metal se sentía el olor a orín mezcado con el desinfectante que no lograba arrancarlo del suelo. Ni respirar hondo pude antes de entrar.
Por las horas me fui directa al comedor; estaría terminando de desayunar, pero no: estaba de pie, agarrando de la muñeca a otra mujer, que la miraba también con cara de no entender. Y mi abuela se quejaba sin saber de qué, y al verme salió del comedor y me dijo que me fuera. "No, y así, y así, así, ya está...", decía en su murmullo inescrutable. No quiso agarrarse de mi brazo, como siempre, ni quiso ir a la habitación por el camino directo. Y se había hecho pis, llevaba el pañal mojado, y no le habían puesto las gafas, y se quejaba con que se quería morir sin saber qué es morirse.
Luego busqué en el televisor el canal de la radio y se convirtió en una palmera senil, todavía llorosa. Se animó de golpe al ir a la calle y a todo contestaba. Incongruencias, pero parecía haber recibido el soplo de Dios.
Se cansó rápido, por supuesto, y volvió a apagarse. Mirándola pensé que su enfermedad se me contagiaba: ya no encontraba recuerdos de mi abuela antes, sólo fragmentos borrosos e inaccesibles. Me pregunté si esas brumas se disiparían definitivamente también cuando mi abuela terminara por apagarse del todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario