martes, 28 de enero de 2020

Visita

La fuerza encontrada en el camino se me fue en cuanto se abrieron las puertas del ascensor. Cuarta planta. Desde la caja de metal se sentía el olor a orín mezcado con el desinfectante que no lograba arrancarlo del suelo. Ni respirar hondo pude antes de entrar.

Por las horas me fui directa al comedor; estaría terminando de desayunar, pero no: estaba de pie, agarrando de la muñeca a otra mujer, que la miraba también con cara de no entender. Y mi abuela se quejaba sin saber de qué, y al verme salió del comedor y me dijo que me fuera. "No, y así, y así, así, ya está...", decía en su murmullo inescrutable. No quiso agarrarse de mi brazo, como siempre, ni quiso ir a la habitación por el camino directo. Y se había hecho pis, llevaba el pañal mojado, y no le habían puesto las gafas, y se quejaba con que se quería morir sin saber qué es morirse.

Luego busqué en el televisor el canal de la radio y se convirtió en una palmera senil, todavía llorosa. Se animó de golpe al ir a la calle y a todo contestaba. Incongruencias, pero parecía haber recibido el soplo de Dios.

Se cansó rápido, por supuesto, y volvió a apagarse. Mirándola pensé que su enfermedad se me contagiaba: ya no encontraba recuerdos de mi abuela antes, sólo fragmentos borrosos e inaccesibles. Me pregunté si esas brumas se disiparían definitivamente también cuando mi abuela terminara por apagarse del todo.

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