domingo, 13 de enero de 2019

Orilla

Recuerdo las tardes de primavera en Chopito. Se ponían los árboles rosados de flores y, después de comer, yo me llevaba el libro o la radio y me tumbaba en el césped, al lado del río, buscando el sol. Me daba igual que algunos días hiciera más frío o aburrirme a veces. Yo me llevaba mis cosas y me tumbaba cerca del agua, y se me iba la mente entre palabras y murmullo de agua. En primavera, si alguien quería encontrarme, no tenía más que acercarse al río. En ocasiones, incluso dejaba a propósito olvidada la tarea del colegio. De tres y media y hasta que me apeteciera, yo me quedaba en mi sitio. A veces, antes de volver a atender a los clientes, venía mamá conmigo y se adormecía al calor. Yo terminaba siempre por encantarme viendo las hormiguitas y se me alegraba el día si veía alguna mariposilla blanca revoloteando por ahí. De vez en cuando se veía a Ignacio pasando con su barca, aunque solía dormir a esa hora. Me encantaba sentir la brisilla fresca y el olor de la hierba.

A la vuelta, siempre caminaba muy lento, con el sol cayente lamiéndome la espalda. Alguna vez me reprendían en casa por tardar demasiado, sobre todo si había cosas que hacer, como planchar o limpiar los cristales. También salía cuando llovía, pero menos rato y no al río. Me calzaba las botas de agua, de color morado, que me encantaban; y con un paragüitas me paseaba por las calles y me entretenía viendo a los vecinos correr a resguardarse a la cafetería o a la taberna, aunque ésta nunca abría antes de las seis.
No éramos muchos en Chopito y todos nos conocíamos por el nombre los unos a los otros. Cuando nacía un bebé, no había nadie que no se acercarse a verlo. Había enemistades, claro, pero la gente era bastante amable, cada uno con su vida, pero dispuesto a compartirla un poco con los demás. Todos saludaban si te cruzabas, y no pasaba poco rato en la calle la gente. La plaza de arriba, la del ayuntamiento, no estaba vacía nunca, con los bancos de al lado del tablón de anuncios ocupados o arrimados los chopitenses a la sombra del gran sauce plantado en un extremo de la plaza. Me hacía gracia que fuera un sauce, pero lo entendía, porque, aunque los hubiera a miles, los álamos no dan una sombra muy copiosa.
De la plaza salía un caminito empedrado y uno se encontraba sólo con la entrada de la granja antes de llegar a la estación de tren. Eran contados los trenes que salían y entraban: uno por la mañana, otro a las tres, y el último hacia las siete. Si alguien, por casualidad, perdía el tren, tenía que hacer noche en Chopito. Y digo “por casualidad” porque no venía mucha gente al pueblo: estaba bastante apartado, arrinconado entre la playa y el monte. Sólo estaban las vías del tren y una carreterilla para llegar, porque los caminos forestales no los usaba casi nadie que no fuera de aquí. En invierno, si nevaba, la cartera se quedaba cortada unos cuantos días. No, no teníamos mucha visita, y tampoco hacía falta: eran los tiempos en los que no se necesitaba gran cosa para disfrutar.

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