A la
vuelta, siempre caminaba muy lento, con el sol cayente lamiéndome la espalda.
Alguna vez me reprendían en casa por tardar demasiado, sobre todo si había
cosas que hacer, como planchar o limpiar los cristales. También salía cuando
llovía, pero menos rato y no al río. Me calzaba las botas de agua, de color
morado, que me encantaban; y con un paragüitas me paseaba por las calles y me
entretenía viendo a los vecinos correr a resguardarse a la cafetería o a la
taberna, aunque ésta nunca abría antes de las seis.
No
éramos muchos en Chopito y todos nos conocíamos por el nombre los unos a los
otros. Cuando nacía un bebé, no había nadie que no se acercarse a verlo. Había
enemistades, claro, pero la gente era bastante amable, cada uno con su vida,
pero dispuesto a compartirla un poco con los demás. Todos saludaban si te
cruzabas, y no pasaba poco rato en la calle la gente. La plaza de arriba, la
del ayuntamiento, no estaba vacía nunca, con los bancos de al lado del tablón
de anuncios ocupados o arrimados los chopitenses a la sombra del gran sauce plantado
en un extremo de la plaza. Me hacía gracia que fuera un sauce, pero lo
entendía, porque, aunque los hubiera a miles, los álamos no dan una sombra muy
copiosa.
De
la plaza salía un caminito empedrado y uno se encontraba sólo con la entrada de
la granja antes de llegar a la estación de tren. Eran contados los trenes que
salían y entraban: uno por la mañana, otro a las tres, y el último hacia las
siete. Si alguien, por casualidad, perdía el tren, tenía que hacer noche en
Chopito. Y digo “por casualidad” porque no venía mucha gente al pueblo: estaba
bastante apartado, arrinconado entre la playa y el monte. Sólo estaban las vías
del tren y una carreterilla para llegar, porque los caminos forestales no los
usaba casi nadie que no fuera de aquí. En invierno, si nevaba, la cartera se
quedaba cortada unos cuantos días. No, no teníamos mucha visita, y tampoco
hacía falta: eran los tiempos en los que no se necesitaba gran cosa para
disfrutar.
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